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viernes 25/04/2014

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La penúltima batalla de Lorenzo

Por Emilio Pérez de Rozas

El campeón ha arrastrado en los últimos tiempos un montón de vidas. Todas vinculadas a su niñez y juventud, a su vida adulta y profesional. Algunas vividas lejos del asfalto pero muchas otras esculpidas en los circuitos. Fuesen personales o profesionales, tuviesen que ver con su día a día o con las carreras, con la vida en el 'paddock', siempre ha sido analizado con ojos distintos a cómo se ha analizado al resto de la parrilla.

Lo he escrito muchas veces y no me cansaré de repetirlo. Nadie, nadie, léanlo bien (e interprétenlo mejor, por favor), ha tenido la vida tan dura, tan peleada, tan solitaria, tan cuesta arriba, tan tensa, que ha tenido Jorge Lorenzo. Y él, no olviden eso, jamás se ha quejado, jamás nos ha buscado para hacer cinco minutos de penita o encontrar en nuestro hombro el consuelo y/o la comprensión que no recibía en casa, en el equipo, en los circuitos.

Cuando el fin de semana de Jerez vi a María Guerrero, la madre de Lorenzo, sola por el 'paddock', sin compañía alguna, con un pase que casi ni era pase, sin saber dónde ver las carreras ("sufro mucho, bueno, me pongo nerviosa", le dijo a Germán, que le apuntó: "Pues véngase con nosotros a la sala de prensa"), cuando la ií fotografiar con su móvil el flamante BMW expuesto ante la carpa de Dorna, cuando me enteré que había viajado en barco hasta Valencia (desde Palma) y en moto hasta el circuito conduciendo, que no pilotando, una Yamaha X-Max de 250cc, pensé que mi teoría de que el tetracampeón del mundo es un superviviente es real, ¡que caray!

Luego, cuando comprobé la felicidad de María cuando se acercó a Lorenzo en la sala de prensa para hacerle entrega de un sabroso pastel de cumpleaños delante de decenas de periodistas (hay que ser muy valiente y querer horrores al muchacho para actuar con semejante naturalidad), pensé que Jorge aún debía de estar a tiempo de recuperar viejas sensaciones, de dejarse pellizcar, besar y manosear en público por mamá, entre otras cosas porque no hay nada más hermoso que te roce tu madre, aquellos que aún la disfrutan. Pero, insisto, me temo que el pasado ocupa un lugar oscuro en la cabecita de ese portentoso campeón y, aunque cree haber hecho más de un reset, su nuevo disco duro no le permite determinadas libertades, alegrías, gestos.

Lorenzo ha aprendido, como muchos, sí, pero no como muchos pilotos, pues dudo que de los 'magníficos' haya habido alguien con una vida tan dura, a superar las dificultades, las de casa, la personales y las profesionales, en solitario. Y, al final, ha terminado construyéndose, en efecto, una armadura de titanio, se ha encerrado en sí mismo y ha tirado la llave al mar.

Ha tenido que resolver tantos pulsos, fuera y dentro de la pista, que acabar con el mito de Valentino Rossi (en la pista, que no en la grada, pues en Le Mans, hoy, sábado, ha habido miles de seguidores del 'Doctor', que le han adorado bajo la lluvia), retrasar unos años la coronación de Dani Pedrosa y, ahora, enfrentarse al más grande 'rookie' de todos los tiempos, le parece un juego de niños.

Pero, no por eso, va a dejar de sufrir, de partirse la cara por aquello que piensa que es justo y necesario. Todos en su último pulso al poder establecido, creen que Lorenzo pelea solo por salvar su liderato. Nadie, ni siquiera aquellos que están en la cúspide de la organización del Mundial y creen, en efecto, que Lorenzo tiene razón (o buena parte de razón), han dado la cara por él. Y a él le importa bien poco que muchos se atrevan a rozársela, como ocurrió en la reunión de pilotos donde, al margen de su enfrentamiento verbal con el veterano Loris Capirossi, comprobó que la mayoría de colegas estaban a favor de hacer la vista gorda ante un adelantamiento que él consideraba "excesivo y sancionable".

Nadie reparó que Lorenzo estaba protestando en su nombre. Porque nadie, ni siquiera el gran Rossi, que ya está de vuelta de todo y ha decidido que no piensa volver a la jaula de los leones, sean cachorros o no; ni siquiera el calculador Dani Pedrosa, compañero de Marc Márquez y, por supuesto, mucho menos el bicampeón de Cervera, que ha decidido demostrar su inmensa, su portentosa valía a las primeras de cambio (machacó a 'Vale' en Qatar, maltrató a Pedrosa en Austin y superó a Lorenzo en Jerez), van a romper una lanza porque se aclaren las reglas del juego.

De nuevo, como le ha ocurrido a lo largo de toda su vida, Lorenzo emprendió una guerra que no podía ganar, aunque más de un general crea que tiene razón, no en la sanción, no en la descalificación, sino en que Dirección de Carrera debió utilizar, al menos, el carnet de puntos para advertir a Márquez, cosa que, a estas alturas del pulso, ya todos reconocen. Pues no olvidemos que hasta Lorenzo reconoció que erró al abrirle la puerta a Márquez. Pero, insisto, como ha ocurrido tantas y tantas veces en la vida de Lorenzo, el tetracampeón mallorquín se lanzó a la arena en plan 'Gladiator', con una red en la mano y un tridente en la otra. Cierto, los leones estaban atados con cadenas y alguien les había dicho que no podían morder

Si Lorenzo hubiese temido a los rasguños, no hubiese sobrevivido en la selva de los sustos en la que ha habitado. No es fácil pasar todo lo que ha pasado ese joven, ese inmenso campeón, ese portentoso piloto, y seguir confiando en la humanidad. Pero, en algunos momentos, un buen consejo le hubiese evitado más de un disgusto y, sobre todo, esa asquerosa etiqueta, cantinela, falsa, injusta, vieja, superada, antigua, arcaica, inmunda de que Jorge Lorenzo Guerrero es altivo, engreído y sobrado.

Aprendió a vivir para y por él, a sobrevivir en un mundo de adversidades que casi nunca buscó y, ahora, cuando está en la cima y trata de que su mundo mejore, aunque eso signifique iniciarse batallas que no puede ganar, ni los que le dan la razón salen en su defensa.

Lorenzo se ha acostumbrado a ser un solitario y, probablemente, ya no llega a tiempo de confiar en nadie. Y, tal vez, solo tal vez, no estoy en su mundo para certificarlo, debería de saber que le quiere mucha más gente de la que él cree. Solo hay que ver a mamá con el pastel sobre las palmas de sus manos para intuir que esa mujer merece una Yamaha T-Max y un casco de astronauta. Y que su hijo le baje la Luna. Porque puede. ¡Vaya si puede!

 

 

 

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